jueves, 24 de septiembre de 2015

Boticas de caucho en Mina Rica





Mientras increíbles relatos de niños de otras latitudes conmocionan a una porción del mundo, hoy les comparto una foto, una historia. No es lejana, ni desconocida, aunque eso sí, anónima.

Un chico de 11 años se sienta en la plaza del parque de este municipio enfermo y agonizante. ¿Qué tiene este pueblo? La llamada fiebre del oro que es más letal que el dengue y tan contagiosa como la gripe aviar. El pequeño se ve atraído por la comparsa, por los colores y la pantomima de esos  ruidosos actores que han venido a mostrar una obra de teatro, de esas que te llenan los habituales huequitos del alma, de las que hacen reir mientras te dicen la más cruda verdad.

Se sienta junto a los estudiantes del colegio que van a la función. No son muy diferentes a él pues comparten la misma piel morena, y los mismos ojos y cabellera castaña. El abismo hasta ahora irreconciliable entre el niño de boticas de caucho y los colegiales es precisamente eso, la investidura que demarca el trabajo de cada quien. Mientras a algunos les corresponde sumergirse en la resolución de algorítmos matemáticos, él debe bajar al socabón para hacerle violentas cosquillas a la tierra.

Con sus pies revestidos en el calzado característico de Mina Rica,  otro niño ronda el pintoresco escenario.Los artistas los invitan a acercarse, intentando arrancarle una sonrisa a esa mirada hostil. Me acerco a él y le pregunto cómo está. Me responde que bien, sin mirarme a los ojos. Tiene tierra en la cara y en la ropa, cicatrices en su mejilla derecha y en sus manos. Le ofrezco una de las galletas que hace parte de la muestra teatral y la acepta contento. Acto seguido se retira. Lo más probable es que su turno comience pronto, que su padre minero lo requiera para lavar costales y cargar tierra, o que tenga que ir a una compraventa de oro para cambiar las pepitas doradas por símbolicos papeles.

Se termina la función y el primero de los chicos contempla el fin de aquella ilusión. Cómo los payasos, los cómicos, los zancos, las bailarinas y los músicos parten del municipio para jamás volver. Con entereza se para de los escalones y  arranca a caminar con los mismos zapatos que en contados minutos pisarán la tierra maldita de las vetas de Mina Rica. Se aleja y sigue escarbando su destino.

martes, 21 de abril de 2015

La muerte del "Papá Noel" Colombiano


Foto tomada del documental Universo 1803


"¿Carlos Gavíria?¿Quién es ese?... Ah, ¡se murió Papá Noél!". Y es que con esa estrategia nemotécnica una gran mayoría de colombianos recuerdan al abogado y magistrado Carlos Gavíria.

No pretendo extenderme con adjetivos vanos sobre su vida y obra, a quien interese puede consultar sobre ellos con facilidad. Por el contrario deseo  establecer un pequeño cuestionamiento sobre la manera en la que funciona la cultura política en Colombia.

Somos un país de caras, pero no de hechos. Odiamos muy rápido y olvidamos muy pronto.  La izquierda en el país, si es que podemos catalogarla como tal, ha tenido ante la opinión pública una mala reputación y se le han destinado durante muchas épocas comentarios mal fundamentados, como : "Socialistas" "Castrochavistas" "Guerrilleros" "Terroristas" "Antidemocráticos"( pueden seguir con la lista mirando el Twitter del ex presidente Uribe).

El punto es que la construcción de una izquierda que no se perciba ante la población como una repetición del caso venezolano (que no me concierne a mi juzgar), una izquierda que no genere temores por la toma del poder a partir de la violencia (ya que se aprendió de movimientos pasados), y que construye su accionar con base en necesidades de la población y sobre todo con argumentos; se le debe en gran medida a este señor que con su cara amable, su increíble experiencia como profesor y político, y con sus conocimientos ayudó a sentar las bases de un partido político en el que muchos vemos, a la manera del escritor William Ospina, la franja amarilla.


Solo espero que no lo recuerden por su parecido, si no por su legado. 

sábado, 11 de mayo de 2013

El teatro chiquito


El teatro Chiquito , pequeña reseña de Edipo Rey.

Y ahora la pregunta de rigor: ¿cómo escribir hoy? ¿Poética, humorística , descriptiva, ácida, ecléctica o entrópica? Todos menos narradora, porque ustedes ya saben como termina la historia.

Este es el fruto de los sentimientos del teatro y la inspiración que siempre me ha ofrecido el Coonatra.



Yo sé que me extrañaba. Que esas piedras minúsculas y ese piso rojo desteñido ansiaban mis pisadas. Desde el año pasado no pasaba por la estrecha puerta de ese lugar. En aquella oportunidad iba con el propósito de ver “El principito, el musical” , obra de la cuál tengo los más gratos recuerdos.Por eso con gran alegría, la noche de un cálido viernes fuí al teatro chiquito. Aunque la obra a la que iba a asistir era Edipo Rey, muchas cosas me recordaban la ocasión en la que conocí al niño de rizos rubios y mirada inocente. La gente dispersa en el pequeño patio atestado de carteles, imágenes y otros elementos decorativos; Rodrigo Saldarriaga revoloteando por todos lados, con mirada contemplativa; espectadores de todo tipo, el muchacho que indica la entrada con sus clásicos consejos, el llamado de atención sobre cómo hacer la fila y luego la hora de esperar.



La espera se hace larga, no conozco la primera espera que no lo sea y si la conocen haganmelo saber. Cuándo empezamos a ingresar todo el tiempo que estuve ahí impaciente queda de lado, se esfuma y no vuelve más a pasear por mi mente. Un ingreso lento, apropiado para observar el candelabro de araña que hay allí, la misma disposición de siempre y un olor a cigarro estancado. Mi teoría es que el origen de dicho aroma proviene de tantos bohemios que tal vez han transitado por ahí.



Me senté a la derecha, un lugar que era en relación al escenario lo suficientemente cerca, lo suficientemente lejos. La sala se demoró un poco en llenarse y estaba poseída por el bullicio de los asistentes, bullicio lleno de expectativas y suposiciones. Lo que más me impactó al llegar y ver el espacio,cosa que aún recuerdo con bastante vividez, fueron los colores de la escenografía. Increíblemente simple como las cosas del teatro chiquito.



Negro, blanco y rojo se fundían en una combinación para mí impresionante, una línea roja violentando de manera vertical y tajante el palacio blanco. Blanco como las túnicas, frontera entre las miradas y las almas de espectadores y actores . Blanco también como sus maquillajes.



Esos actores seguramente también me extrañaban. Al principio, lo reconozco, como buena divagadora que soy me puse a reconocer a quien había visto en tal y tal obra. Edipo en esta, yocasta en aquella. Las mismas caras de siempre desdoblándose en el escenario con cada papel. El mismo elenco que encarna personajes tan diferentes como los de Mòliere,los de Saint-Exupéry y los de Sófocles.



Ahora bien, ¿Cuáles son mis impresiones?¿Qué fue lo que sentí? Les confieso que a Edipo me lo imagine diferente, más joven, más fuerte. Pero no por ello me defraud. Fue un buen Edipo, a pesar de tener el destino más infame. En momentos tuvo una actuación vigorosa, en momentos una actuación plana y trivial. Además acompañado de la música en vivo que daba el ritmo de la obra y enriquecía el guión. Cada redoble que agitó mi corazón, me conmocionó e incluso me asustó. Una flauta dulce mística y celestial, evocando el destino irremediable. Un coro recitando los presagios en contra de Edipo con un tono misterioso, oscuro y fatal. Fue inevitable pensar en las canciones del principito, alegres y llenas de ensueño. ¡Qué abismal diferencia respecto a las sollozos y lamentos de los Tebanos!




Lo que no creo olvidar de Edipo rey en el teatro chiquito son las luces y las tinieblas. Andando toda una vida entrecruzándolas pocas veces había sentido que podían calar tanto en mí. Luces cálidas y frías al mismo tiempo, mostrando la dualidad de la vida y de la cruel fortuna. Las tinieblas que contagian devastación y amargura. Todo confabula para que al final compartamos de manera rotunda la ceguera de Edipo, aquel quien con sus ojos no veía y sin ellos pudo ver claramente. Esa es la magia del teatro,de la vida y en cada experiencia me convenzo más de ello. Hay que aprender a mirar con otros miles de ojos.


jueves, 9 de mayo de 2013

domingo, 10 de marzo de 2013

Adagio

¿ Y si confieso que te pienso? ¿Hay algo malo en ello? Que esa música de siempre y de nunca aún me acelera el corazón. Pongo mi mente en ese contrabajo, ese violín, en cada nota... y al hacerlo se depositan en mi viejas penas, nostalgias y lágrimas. Noches de soledad que con sus mantos grises vienen a hacerme compañía, otra vez sin ti. Gira y gira la sinfonía, gira y gira el destino en este mundo desierto.

¿Qué tal si lo desafiamos antes del final de la melodía?